La herida en la intimidad

Parece inevitable que la tenga delante todo el día, que vaya a tomar mayor intensidad, o no, que tenga que convivir con ella en este espacio-tiempo.

A veces está tranquila, otras se clava en mi carne ante cualquier acontecimiento.

Cuando despierta me siento agitada, incómoda, nerviosa, sin fuerzas, sin motivación, sin alegría de vivir.

Y me pregunto qué me pasa.

Y voy tirando de los hilos…

Sumergida en el medio de la emotividad, me destapo y, desnuda, descubro mi ausencia.

Sigo sin amor, sigo sin amor, sigo sin amor. Esta es mi gran desilusión. Sin el amor a mí misma, tan siquiera.

No puedo tocar las paredes de los otros y es este palpar en vacío, sin orillas, el que me destierra.

Y allá, en la tierra de nadie me encuentro sin mí.

Dolor, dolor, dolor… Dolor en mi intimidad, en mi bañera, en el explotar de mi llanto, de mis gritos, en el sobrevenir de la luz.

Conecté, comprendí, sentí la pasión…

Doy gracias a este estar a solas.

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